Es agradable
recordar imágenes de niños correteando, yendo de un lado para otro, con esa
inocencia y capacidad de impermeabilidad pasmosa ante lo que acontece. Pero las
realidades que rodean a cada uno de ellos son muy distintas.
La semana pasada celebramos el Día
Internacional de los derechos de la infancia, surgidos éstos en EEUU en el
siglo XIX a la vista de que muchos menores huérfanos de las grandes ciudades se
veían obligados a trabajar. Así, la primera declaración de los derechos del
niño fue la Declaración de Ginebra en 1924, siendo en la ONU (1989), donde se
firmó la Convención de los Derechos del niño.
Hoy abanderamos derechos de la
infancia, y miramos de reojo a países con mano de obra infantil, al tiempo que
les compramos mercancía; mientras, Unicef nos dice que, en España, 3 de cada 10
niñas y niños viven por debajo del umbral de la pobreza. Observamos desde un
banco de un parque común de una ciudad cualquiera, sesgando la realidad que les
marcará su vida, porque no vemos qué ocurre en sus familias, si van a ser
lanzados de su casa, si sus padres no tienen trabajo, si la comida se la
proporciona una ONG…
Dijo Mandela que "No puede
haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la
que trata a sus niños. " La sociedad debe tratar bien a los padres para garantizar
el buen trato a los menores. Así son necesarias políticas como las impulsadas
en Andalucía de proporcionar comida a cientos de niños, la ley antidesahucios o
la que se está estudiando sobre no pagar luz y agua si no se tienen ingresos en
una unidad familiar; y, tras poner vendajes a las heridas, debemos erradicar el
problema con actuaciones en la creación de empleo, para que un día de estos
podamos volver a sentarnos en el banco de un parque y mirar a una niña corretear,
con la tranquilidad de que verdaderamente nos ocupamos de su protección.

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