jueves, 28 de noviembre de 2013

El alma de nuestra sociedad



          Es agradable recordar imágenes de niños correteando, yendo de un lado para otro, con esa inocencia y capacidad de impermeabilidad pasmosa ante lo que acontece. Pero las realidades que rodean a cada uno de ellos son muy distintas.

            La semana pasada celebramos el Día Internacional de los derechos de la infancia, surgidos éstos en EEUU en el siglo XIX a la vista de que muchos menores huérfanos de las grandes ciudades se veían obligados a trabajar. Así, la primera declaración de los derechos del niño fue la Declaración de Ginebra en 1924, siendo en la ONU (1989), donde se firmó la Convención de los Derechos del niño.

            Hoy abanderamos derechos de la infancia, y miramos de reojo a países con mano de obra infantil, al tiempo que les compramos mercancía; mientras, Unicef nos dice que, en España, 3 de cada 10 niñas y niños viven por debajo del umbral de la pobreza. Observamos desde un banco de un parque común de una ciudad cualquiera, sesgando la realidad que les marcará su vida, porque no vemos qué ocurre en sus familias, si van a ser lanzados de su casa, si sus padres no tienen trabajo, si la comida se la proporciona una ONG…

            Dijo Mandela que "No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus niños. " La sociedad debe tratar bien a los padres para garantizar el buen trato a los menores. Así son necesarias políticas como las impulsadas en Andalucía de proporcionar comida a cientos de niños, la ley antidesahucios o la que se está estudiando sobre no pagar luz y agua si no se tienen ingresos en una unidad familiar; y, tras poner vendajes a las heridas, debemos erradicar el problema con actuaciones en la creación de empleo, para que un día de estos podamos volver a sentarnos en el banco de un parque y mirar a una niña corretear, con la tranquilidad de que verdaderamente nos ocupamos de su protección.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Mirar allá, allá lejos



         “¿Quién mira el mundo? ¿Quién lo mira con mirada desinteresada? A caso el poeta y nadie más” Cuanta razón se esconde en esta reflexión del andaluz Luis Cernuda, quien hace ya cincuenta años es sólo “Memoria de una piedra sepultada entre ortigas”. Estamos gobernados por demasiadas miradas interesadas, con un fondo de inmoralidad, superioridad, injusticia, mezquindad y desprecio que no hace más que extrañar la pasividad con la que la sociedad mira y no ve.

Y es que corroe las entrañas cuando uno se entera de desgracias como la de la pasada semana en Níger, 87 inmigrantes, 48 niños, mueren de sed en el Sáhara tratando de llegar a Argelia; un país con más de trece millones de habitantes, colonia francesa hasta 1960, una de las economías más pobres del mundo, basada en el pastoreo, agricultura y explotación de uranio; además su democracia es muy inestable, con varios golpes de estado en las últimas décadas. ¿A caso nadie ve más allá de sus narices y observa la desgracia de un mundo sin fronteras económicas pero con aduanas mortíferas para quienes habitamos en él?

Quizás no exigimos a los gobiernos que hagan frente al tráfico ilegal de personas y pongan medios para intentar evitar que se repitan; tal vez somos poco exigentes en pedir que vayan a la raíz del problema, incrementando la colaboración con los países de origen, reforzando fondos de cooperación al desarrollo destinados a programas de creación de empleo, luchando contra la corrupción y colaborando en el desarrollo del estado de derecho, propiciando que no busquen huir de su tierra “sin más horizonte que otros ojos frente a frente”

¿Qué haríamos si nuestra tierra se hace imposible habitarla por cualquier razón, y tenemos que dejarla atrás “allá, allá lejos; donde habite el olvido”? ¿A caso no miraríamos con mirada desinteresada?