“¿Quién mira el
mundo? ¿Quién lo mira con mirada desinteresada? A caso el poeta y nadie más”
Cuanta razón se esconde en esta reflexión del andaluz Luis Cernuda, quien hace
ya cincuenta años es sólo “Memoria de una piedra sepultada entre ortigas”.
Estamos gobernados por demasiadas miradas interesadas, con un fondo de
inmoralidad, superioridad, injusticia, mezquindad y desprecio que no hace más
que extrañar la pasividad con la que la sociedad mira y no ve.
Y
es que corroe las entrañas cuando uno se entera de desgracias como la de la
pasada semana en Níger, 87 inmigrantes, 48 niños, mueren de sed en el Sáhara
tratando de llegar a Argelia; un país con más de trece millones de habitantes,
colonia francesa hasta 1960, una de las economías más pobres del mundo, basada
en el pastoreo, agricultura y explotación de uranio; además su democracia es
muy inestable, con varios golpes de estado en las últimas décadas. ¿A caso
nadie ve más allá de sus narices y observa la desgracia de un mundo sin
fronteras económicas pero con aduanas mortíferas para quienes habitamos en él?
Quizás
no exigimos a los gobiernos que hagan frente al tráfico ilegal de personas y pongan
medios para intentar evitar que se repitan; tal vez somos poco exigentes en pedir que
vayan a la raíz del problema, incrementando la colaboración con los países de
origen, reforzando fondos de cooperación al desarrollo destinados a programas
de creación de empleo, luchando contra la corrupción y colaborando en el desarrollo
del estado de derecho, propiciando que no busquen huir de su tierra “sin más
horizonte que otros ojos frente a frente”
¿Qué
haríamos si nuestra tierra se hace imposible habitarla por cualquier razón, y
tenemos que dejarla atrás “allá, allá lejos; donde habite el olvido”? ¿A caso
no miraríamos con mirada desinteresada?
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